Ousman Umar

Lugar de nacimiento

Dicen que la infancia te marca para toda la vida, a pesar de que, en mi caso, fue una etapa que no encontró espacio para desarrollarse. Nací en África, en un pueblo llamado Fiaso, Ghana, un martes de 1988. Cuando era un niño no tenía mucho con lo que disfrutar y, por lo tanto, tuve que fabricar mis propios juguetes. Cuando tenía sed, tenía que ir al río para conseguir agua. En mi casa no había nada; si quería comer pescado, tenía que ir a pescar al río. Era el hijo del chamÔn del pueblo y, a menudo, iba a la jungla a buscar plantas para curar enfermedades de las personas de la zona.

Cuando tenĆ­a sed,
tenĆ­a que ir al rĆ­o
para conseguir agua.

Todo empezó un día, mientras jugaba al fútbol con mis amigos después de cuidar a los animales. De repente vi un avión que volaba. «Y pensé: ¿cómo puede haber un avión allÔ arriba? Si yo cojo cualquier cosa, la lanzó al aire y cae a tierra, ¿cómo es que ese avión no cae?». Lo comparé con los juguetes que había construido y que había tenido que arrastrar por tierra si quería que se movieran. Una vez me dijeron que solamente las personas de piel blanca podían volar en aquellos aviones.

A partir de ese dĆ­a empecĆ© a pensar que el mundo no podĆ­a acabarse en la frontera de mi lugar de nacimiento. AsĆ­ que, empecĆ© a pensar en ir mĆ”s allĆ” de mi pueblo. Yo concebĆ­a al hombre blanco como un dios, porque Europa era considerada como un paraĆ­so, y pensaba que Ā» hombre blancoĀ» era sinónimo de inteligencia, de mĆ©dico, ingeniero…en resumen, de ser superior. Esto no reforzó mis pensamientos, pero fue la primera vez que me vino la idea sobre la intención de salir, de conocer la raza blanca.

Un par de años mÔs tarde, conseguí un trabajo en un pueblo cercano. Después de esto, me trasladé a la segunda capital del país y, finalmente, llegué al puerto de la capital, Accra. Allí tuve la suerte de ver la televisión por primera vez en mi vida. Aquel día estaba el «Barça» en la televisión. Como trabajaba en el puerto, a menudo veía ferries, coches y mÔquinas en general. A partir de ese momento, mi interés por conocer a la raza blanca aumentaba cada vez mÔs. Sólo quería saber por qué podían crear y desarrollar cosas tan sorprendentes.

En aquella época, yo sólo era un niño analfabeto de 12 años que soñaba con un continente al que no podía ir. Trabajaba soldando chapa; tenía unas manos y un cuerpo muy pequeños y estables que me permitían entrar dentro de la compleja maquinaria y realizar soldaduras que no eran nada simples.

Trabajaba sólo por
comer un bol de
arroz al dĆ­a…

Un día oí hablar de Libia. Me dijeron que si me trasladaba allí, recibiría un buen salario, cosa que me parecía imposible porque, hasta aquel momento, en Accra, trabajaba sólo por comer un bol de arroz al día. Por descontado, acepté.

«Viaje» a través del desierto del SÔhara

El viaje que emprendĆ­ todavĆ­a me parece una pelĆ­cula, parece algo surrealista que nunca podrĆ­a pasar.

A menudo,me digo a mi mismo: «¿Cómo pude sobrevivir?Ā» Un ejemplo de esto, tuvo lugar en el desierto del SĆ”hara. Ɖramos 56 personas en tres coches Land Rover ( eso son 18 en cada coche), cruzando el desierto entre las dunas. De repente, tuvimos que bajar de los coches porque los conductores Ā«tenĆ­an que ir a buscar gasolinaĀ» y no iban a tardar mucho. Nunca volvieron. Fuimos abandonados en medio del desierto. A pesar de esto, un chico aseguró que conocĆ­a el camino correcto, y por lo tanto, decidimos seguirlo. Aprovechó la ocasión para hacernos pagar dinero, de lo contrario, no nos guiarĆ­a.

Pasaron los días y, con el grupo, nos enfrentÔbamos cada vez a mÔs contratiempos. No teníamos comida ni agua.«Una de las cosas que he aprendido de esta experiencia, es que el cuerpo humano es verdaderamente sabio; se adapta a cualquier situación «. Después de 21 días llegamos a la otra parte del SÔhara. Únicamente 6 de nosotros, de las 56 personas que éramos originalmente, sobrevivimos. 

Únicamente 6 de

nosotros, de las 56

personas que Ʃramos

originalmente,
sobrevivimos.

Ā«Me rendĆ­ varias veces durante el viaje. Ya no tenĆ­a esperanza. Aquellos fueron momentos difĆ­ciles Ā«. Con el tiempo, creo que el peor momento llegó cuando llevĆ”bamos 18 dĆ­as andando por el desierto. Nos quedamos sin comida y agua. No tenĆ­amos nada. Cuerpos muriendo delante de mĆ­ … No tenĆ­a ninguna esperanza de mantenerme vivo. El caso es que, 3 dĆ­as antes, nuestro Ā«lĆ­derĀ» tambiĆ©n habĆ­a abandonado al grupo llevĆ”ndose nuestras cosas y dinero. Afortunadamente, vi un cadĆ”ver en una gran roca. Espantado, me acerquĆ© y mirĆ© en sus bolsillos. Llevaba una cantimplora llena de agua. ā€œAquello salvó mi vida. Me pregunto por quĆ© fui yo el que lo vió, pero doy las gracias a Dios por escoger este caminoā€.

Una vez llegamos a Libia, las cosas fueron peor de lo que esperĆ”bamos. En aquel momento, el paĆ­s estaba controlado por Gadaffi. Los inmigrantes negros eran maltratados. ā€œUn perro tenĆ­a mĆ”s valor que un inmigrante negroā€.

Viaje en una patera

Estuve en Libia durante 4 años. Pude ahorrar suficiente dinero para huir del País. La mafia me convenció para que pagara 1.600$ para cruzar el MediterrÔneo y llegar finalmente a España.

«Te llevaremos, solo tardaremos 45 minutos», aseguraron. JamÔs pude comprobar esta información. De nuevo tenía problemas.

La mafia me convenció

para que pagara $1.600

para cruzar el

MediterrƔneo y llegar

finalmente a EspaƱa

 El problema con las mafias viene de muy atrÔs. No son solo ellas, hay muchas mÔs personas involucradas (los policías de día, trabajan para las mafias por la noche). Eso fue la consecuencia de un acuerdo político entre Francia y Argel en tiempos de Sarkozy; por cada inmigrante arrestado, la policía obtenía una recompensa.

 «Fuimos duramente maltratados»: durante el día, los policías hacían su trabajo. Por la noche se convertían en perversos. Aún así, la mafia nos facilitó material y equipamiento para que pudiésemos construir nuestros propios barcos. Una vez terminados, tuve el valor de subir en uno de ellos. Yo no sabía nadar. Nos costó dos intentos adentrarnos en el océano. En el primer intento, el barco colapsó contra las olas y murieron 10 personas. Uno de ellos era Muusa, mi mejor amigo.

DespuĆ©s de este intento fallido, volvimos al desierto. Recuerdo que perdĆ­ los zapatos por lo cual tuve que caminar descalzo durante 1 mes. 33 dĆ­as despuĆ©s, la mafia nos consiguió nuevos materiales y construimos 2 barcos nuevos. Ɖramos 60 de nosotros para cada barco. y esta vez, el otro barco se hundió. El nuestro, en cambio, nos llevó a Fuerteventura (la tierra prometida). Un amigo mio me dijo: «”levĆ”ntate, hermano! Ā”Caminemos! Estaba agotadoĀ»

Chocamos contra las rocas y el barco volcó justo delante de la orilla. Pensé que iba a morir. Afortunadamente, llegué a tierra y me sentí realmente aliviado. Las olas me arrastraban hasta la arena. Ni siquiera pude estirar las piernas debido a que había estado sentado en el barco durante 24 horas. No podía andar ya que mis pies estaban llenos de cicatrices. Mis compañeros caminaban hacia una carretera iluminada y me centré en seguirlos. Era una noche oscura y llovía.

La policía apareció junto a «La Cruz Roja» y los medios de comunicación. Estaban atendiendo a mis compañeros y les proporcionaban mantas. Luego, gritaron: «Mira, ahí hay otro» La Cruz Roja me recogió y me cubrió con mantas. A diferencia de los demÔs, me llevaron a una ambulancia porque estaba temblando.

A continuación, tuvimos que firmar varios documentos y nos llevaron a la Oficina de La Cruz Roja. MÔs tarde nos llevaron al hospital y los médicos me hicieron lo que llaman «Test de la muñeca» para conocer mi edad. Yo solo sabía que nací en martes: eso es lo único que importa en Ghana cuando nacen los bebés.

Me hicieron lo que

llaman «Test de la

muñeca» para conocer

mi edad. Yo solo sabĆ­a

queĀ nacĆ­ un martes…

 Estuve en prisión aproximadamente un mes. Cada dos o tres días, me enviaban a una habitación pequeña y oscura donde me interrogaban. Querían que confesara, aunque yo no tenía nada que decir.

Tuve la suerte de escuchar que después de este periodo, el Estado de España me daba la posibilidad de residir en España. Después de esto volé a MÔlaga en un pequeño avión, donde me preguntaron a qué ciudad me gustaría trasladarme. No conocía España ni las ciudades mÔs importantes. Entonces, recordé que, cuando estaba en Accra, había visto un partido en la televisión en el que jugaba el Barça. Así pues, dije «Barça». Ellos entendieron lo que quería decir. Barcelona era mi último destino.

 

Llegada a Barcelona

24 de febrero de 2005

Me dieron un sĆ”ndwich de atĆŗn, una botella de agua, un plĆ”tano y un billete de ida. Estuve en Barcelona por primera vez en el invierno del aƱo 2005. Cuando lleguĆ© me sentĆ­ muy feliz de no pedir la dirección de la Oficina de la Cruz Roja a la ciudad. Anduve mirando con atención todas las cosas. Los coches, las casas … todo era nuevo y maravilloso. Recuerdo que saludaba a todo el mundo en la calle, como se hace tĆ­picamente en Ɓfrica. La gente me miraba de una manera extraƱa … Finalmente, se hizo oscuro y no tuve tiempo de ir a la oficina. Por lo tanto, tuve que dormir en la calle.

Me desperté el día siguiente. Estaba alrededor de «la Meridiana» sentado en un banco. Me encontré con una mujer que paseaba lentamente. Me levanté y me acerqué a ella educadamente. Le mostré todos los documentos que traía, le expliqué quién era y le pregunté dónde podía encontrar la Oficina de la Cruz Roja. Ella casi no hablaba inglés y no me entendía. No obstante, parecía interesarse por mis explicaciones. Me cogió la mano y llamó a su marido, que sí hablaba inglés. Hablé con él con facilidad. A continuación, la mujer me invitó a almorzar y me dio su número de teléfono. Me pidió que la llamara si tenía que volver a dormir en la calle alguna otra vez.

Me dirigĆ­ hacia la Plaza de EspaƱa siguiendo las indicaciones que aquella mujer, Montserrat Roura, me habĆ­a dado. Una vez allĆ­ me sentĆ­ muy estresado. No sabĆ­a cómo interpretar el mapa del metro. De repente, escuchĆ© una voz femenina detrĆ”s de mĆ­. Me asustĆ© mucho puesto que en Libia los chicos no pueden hablar con las chicas. Su nombre era Eva y me ayudó mucho. Me mostró donde estaba la Cruz Roja y me recomendó que fuera yo solo (en caso contrario no me aceptarĆ­an). Me dio 40 €, una mochila y despuĆ©s se fue.

Fui enviado a un complejo deportivo donde pasé 3 noches. Pero la cuarta noche,  fui expulsado y volví a la calle. Dormí en bancos durante otro mes. Fue realmente agotador. Por eso, decidí llamar a Montserrat (me había dado su número de teléfono hacía un tiempo) y le expliqué la situación. Después de una larga conversación, decidió que ella y su marido hablarían con la Cruz Roja. Fueron muy generosos y me acogieron como tutores (todavía no era un adulto).

Una nueva vida comenzó para mí. El primer día, después de la cena, mi nueva madre vino a darme las buenas noches y me besó al frente. Apagó la luz y marchó. Mi primera noche fue muy dura. No pude dormir, lloraba. No comprendía por qué había tenido que vivir un viaje tan horrible para, finalmente, estar seguro en mi nuevo hogar. Fue la primera vez que alguien me besó. Sentí que alguien me quería después de mucho tiempo. En África, el contacto físico es diferente, la gente sacude y toca las manos de los otros como una forma de mostrar su agradecimiento.

Finalmente, llegué a una conclusión: la pregunta no tendría que ser «¿por qué?» sino «¿para qué?» «¿Para qué me iba a servir esa experiencia?». La respuesta estaba clara: «ahora tengo que comunicar e informar de mi experiencia para concienciar a los otros sobre el lugar del que procedo. Tiene que haber una manera de mejorar nuestras condiciones en Ghana y, lo mÔs importante, tengo que evitar que otras personas sufran la misma experiencia que yo. Las posibilidades de morir son demasiado elevadas «.

Finalmente, llegué a una conclusión:
la pregunta no tendrĆ­a que ser

«¿por qué?» sino «¿para qué?»

Empecé a estudiar catalÔn y español y pude aprobar mis exÔmenes de bachillerato. Después empecé mi grado de química durante 2 años en la Universidad de Barcelona, que tuve que dejar porque no podía trabajar como mecÔnico de bicicletas (para pagarme los estudios) y realizar las prÔcticas y los estudios de química al mismo tiempo, y me cambié a la carrera de Relaciones Públicas y Marketing. La terminé y un año mÔs tarde estudié un MÔster en ESADE en Dirección, gestión y organización de ONGs.

NASCO Feeding Minds

En 2012 fundé la ONG NASCO Feeding Minds con el fin de proporcionar acceso a la información y la educación, reduciendo la brecha digital. Con esto, intento evitar que los jóvenes de Ghana se embarquen en viajes mortales como el que yo mismo realicé. Si hubiera sido consciente de las distancias, los riesgos y la ubicación de Europa, nunca habría dejado Ghana como lo hice. La educación es la herramienta para cambiar cualquier sociedad.

Intento evitar que los jóvenes de
Ghana se embarquen en
viajes mortales como el que
yo mismo realicƩ.

NASCO se fundó en 2012, tuve que comprar 45 ordenadores con mi propio sueldo de mecĆ”nico, despuĆ©s del fracaso del ā€œcrowfundingā€ iniciado. PensĆ© que esta era una herramienta muy importante y necesaria. Es una forma de construir puentes y abrir una gran puerta al mundo para estos estudiantes desfavorecidos de Ɓfrica, empezando por Ghana. Estos primeros 45 ordenadores de mesa se enviaron a la escuela secundaria de San AgustĆ­n, en la región norte de Ghana. Empezamos con 850 alumnos y 2 profesores de ICT, y hoy, en 2020 ya han pasado mĆ”s de 20.000 alumnos por las 11 aulas que tenemos actualmente en marcha. Un total de 30 escuelas se benefician de ellas.

MƔs tarde descubrƭ que existe la Responsabilidad Social Corporativa de las Empresas, y que cada cuatro o cinco aƱos cambian sus equipos informƔticos porque quedan obsoletos. Gracias a ello, muchas empresas nos han donado sus equipos para que podamos aprovecharlos y abrir nuevas aulas en Ghana.

También empecé a compartir esta experiencia con los centros escolares de aquí, con aquellos niños y niñas que tienen todo lo que necesitan, pero no sacan provecho o no aprecian el derecho de tener acceso en la educación.